
Al ver en esta foto la sonrisa de Manuel Puig me acordé de una
nota que hace unos años escribí sobre el escritor, sus obras y
las películas que con ellas otros hombres filmaron. El texto se
lo hice llegar a Patricio Lóizaga (R.I.P), quien estaba organizando
una serie de homenajes al autor de "Boquitas pintadas". Para
tal fín y teniendo como música de fondo aquellos tangos y
boleros que inspiraron su obra, me dispuse a revisar sus novelas
durante todo un fin de semana largo. Pasaba de una a otra,
anotaba frases y una vez más le daba la razón a Lóizaga, Puig
es uno de los pocos escritores argentinosque no le debe nada a
Borges. Después de varias lecturas, entré en el primer borrador.
Ya tenía todo casi cocinado cuando descubrí que las palabras de
Puig tenían gusto a dulce de leche. A partir de ese hallazgo tuve
que escribir todo de nuevo, empezando por el título: "Manuel Puig,
Cada escritor nuestro tiene,
para mi gusto, un sabor
diferente. En Neruda está el
sabor del mar y de todos
sus pescados y mariscos,
donde se distingue el caldillo
de congrio.
Entusiasmado con la idea
de probar a los escritores, me detuve
un instante frente a mis propios escritos. Busqué mi borrador de
La Casa de las Palabras y traté de ser lo más objetivo posible.
Fui probando lentamente como si otro hubiera escrito todo eso.
Tuve que admitir una amarga y triste verdad: mis escritos me
recordaron el sabor de la comida que últimamente sirven en los
aviones sea en la clase que sea. El turista recibe la bandeja e
investiga y como pasajero tiene ganas de comer, pero no
precisamente eso. Mas el viaje es largo y peor es el hambre.
Entonces, uno se decide y prueba eso que se parece a una ensalada,
que no sólo es desgraciada sino que además tiene gusto a poco.
Luego nos espera lo de al lado y nos asalta un temor que nos
pregunta ¿y si te cae mal? Si uno se descompone en un avión no
tiene más remedio que sufrir. Antes de entregarnos la bandeja,
la azafata nos había puesto en una encrucijada fatal: pasta o pollo.
Como siempre uno elige y elige mal; después se arrepiente: ¡el pollo
tiene un condenado gusto a plumas! Resultado, lo mejor de la
bandeja de la aerolínea internacional termina siendo el minúsculo
paquete de galletitas que uno está obligado a untar con el queso
crema que viene en otro pote minúsculo y muy difícil de abrir
con un cuchillo de plástico.
Y fue así no más como me probé como escritor de cabotaje.
Pasemos a las degustaciones ajenas,
Desde luego, Borges me sabe a la civilización
del arroz, especialmente a esa entrada
del arroz, especialmente a esa entrada
que con arroz y arvejas es una ensalada
griega, y al arroz con leche, que era uno
de sus postres favoritos. Adolfo Bioy
Casares me sabe a galleta de campo;
Manuel Mujica Láinez, a carré de cerdo
a la ciruela; Macedonio Fernández,
a estofado de ternera con papas y cebollas;
a crêspes de frutas rojas del bosque
y sin alcohol como le gustaban a ella;
Silvina Ocampo, a helado de crema
(del caro y bueno) y Olga Orozco,
para quien cociné en una ocasión en la
estancia "El Retiro" de Alicia Jurado y de
su hija Cecilia Tiscornia, me sabe a una
ensalada Caprese, esa que se prepara
con mozzarella, tomate y albahaca.
por teléfono, preparó ravioles y se
impresionó cuando éstos subieron
a la superficie de la olla hirviente,
a la superficie de la olla hirviente,
porque vio que los ravioles parecían
pancitas de bebé; sólo por eso ella
me sabe a ravioles a la manteca.
Marco Denevi me sabe a tallarines
con pesto; Leopoldo Marechal, a paella.
José Hernández a churrasco.
Y así como Domingo Faustino
Y así como Domingo Faustino
Sarmiento tiene sabor a locro,
Pepe Bianco tiene gusto a consomé.
Julio Cortázar, me sabe
a tripes
a la mode de Caen,
léase mondongo.
Hace poco estuve leyendo el ensayo
"Etimología de las pasiones"
de Ivonne Bordelois; luego de esa lectura, ella me sabe a lychees,
unos delicados frutos orientales que vienen enconserva, producto
pasional que se consigue en nuestro barrio chino de la calle
Arribeños.
Como todos, también me he acercado a algunos escritores
internacionales. Walt Whitman no me sabe a hamburguesa
sino a una Waldorf Salade, como la que una vez probé
en el mismísimo Waldorf Astoria; ensalada que devolví y pedí
que me la prepararan sólo con apio, manzana, crema y nuez.
La ensalada vino con esos cuatro ingredientes, pero la crema
llegó otra vez como en la anterior, con un color rosado gay.
A Voltaire, lo tengo en el paladar como un soufflé d’asperges;
a Heine, como Eisbeein mit sauerkraut (codillo con chucrut).
Y Dante Alighieri, acaso el más nutritivo de los poetas,
como lasagne al forno con trufa e porcini.
William Shakespeare, el más grande escritor de todos los tiempos,
mal que le pese a Dr. Samuel Johnson, siempre me sabrá
a un lomo a la mostaza con salsa demi-glace y papitas noisette.
Dicho sea de paso, recordaré de este último uno de sus malignos
comentarios, ya no
acerca del Cisne de Avon, sino del
padre del escritor,
John Shakespeare,
John Shakespeare,
quien poseía en Straford
un negocio de ramos
generales donde vendía,
generales donde vendía,
entre otras cosas,
elementos de labranza,
comestibles y carne de res.
comestibles y carne de res.
También este comerciante
poseía un noble abolengo,
en su escudo de armas.
(Según las malas lenguas
de la época el flamante
título de nobleza de John
Shakespeare era trucho).
Dr. Johnson al observar
el escudo, preparó la ironía.
En el campo del escudo
hay una lanza de caballería
y al pie, una firme sentencia:
"Non sanz droiet", es decir,
"No sin derecho. Entonces
Johnson, sin olvidar lo de la
venta de carne, sugería
cambiar la lanza por la cabeza
de un novillo y también
modificar la leyenda. En lugar
del "No sin derecho" se debería
leer "No sin mostaza".






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